Tesis de la destrucción

Hace poco por imposición tuve que leer unas cartas viejísimas, del año 1800 y pico. Se trata de una diatriba escrita que don Sarmiento mantuvo con Alberdi tras la caída de Rosas en 1852 y el ascenso de Urquiza al poder. Alberdi le respondió con las “Cartas Quillotanas”, dentro de los cuales trata temáticas actuales como el rol de la prensa -aunque los textos contienen algunas flaquezas- entre otros.Pensé que iba a comerme el embole de mi vida. Pero no fue tan así. En el medio una frase me llamó la atención: “Ocupados largos años en destruir, es menester aprender a edificar. Destruir es fácil,no requiere estudio. Edificar es obra de arte…que requiere aprendizaje”.

Así es que esta pequeña frase puede trasponerse de la política a cualquier otro plano.

¿Por qué cuesta tanto construir?

0 notes, September 26, 2011

Pirulo el tira bombas
 Ojo, contiene algunas “inexactitudes a designio propio”.
 La vida dentro de un pueblo tiene algunas propiedades que en las grandes metrópolis están ausentes. Entre ellas la tranquilidad, el sosiego por sobre todas las cosas, el fortalecimiento de los lazos  comunitarios y  los lugares de encuentro clásicos como la cantina, la iglesia y la escuela. También  está el retrato de los personajes que habitan en su tierra, muchas veces enarbolados con características imaginarias que se repiten de “boca en boca” y de vecino en vecino, pero que al fin y al cabo integran el cúmulo de historias propias de cualquier pueblo.
 Marcos Paz es una pequeña comunidad ubicada a 48 kilómetros de Capital Federal, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Se llega a través de  dos caminos, uno de ellos es  la Ruta Nacional 200,  al límite del partido de Merlo. Es un cartel el que indica la llegada a automovilistas, ciclistas y turistas: “Bienvenidos a la ciudad del árbol”.  Es evidente, los árboles son protagonistas en Marcos Paz, se inmiscuyen todo el tiempo en los accesos, en las rutas y en las casas, los plátanos están presentes por doquier. 
 Sin embargo, hasta hace poco había otro protagonista, no tan añejo como los árboles pero si muy querido y reconocido por todos los vecinos marcospacenses.
 Su nombre de pila era “Pirulo el tira bombas” y en la vida real se llamaba Alfredo di Tomás. Ayer partió.
 Pirulo era un ser poco convencional. Soltero, tenía sesenta años y vivía en una casona vieja con su madre. En el barrio a su familia la llamaban “los bulla”. Gustaban mucho de las fiestas, los festejos y cualquier tipo de conmemoración. Les gustaba el “barullo”.
 
Un hombre alto, flaquito, con la  piel percutida y unos ojos azules puros, así era él, un poco huraño y de pocas palabras. Su hogar era tan peculiar como él mismo. Tenía una cierta afición por las luces y los sonidos. En la terraza de su casa yacía un árbol viejo donde colgaba unas latitas  de durazno que almacenaba para utilizarlas como antorchas por las noches. También hacía lo mismo en el interior de su casa porque, según comentaba el vecindario, no tenía luz. Tampoco tenía recursos, vivía de changas. 
La impronta más conocida de Pirulo era su interés por las fiestas: Cumpleaños, partidos de fútbol, aniversarios por la fundación de Marcos Paz y fechas patrias servían para exteriorizar su pasión por la pirotecnia. Recorría otros partidos. Tomaba el 136 a Navarro, el tren o la “chanchita” hacia General Las Heras y Lobos. Compraba el material suficiente para confeccionar sus cohetes o bombas que en su casa armaba. Hasta allí se arrimaban niños, madres, padres y abuelos a disfrutar del espectáculo de luces gratuito y también para arengar a este personaje solitario que tal vez encontraba el regocijo y reconocimiento en algo tan simple como lanzar un cohete.
 
Un día, cuando falleció su mamá, el desconsuelo inundó su vida. Pirulo no conocía otra familia que su madre. Se sentía solo. Tanto que cada semana, caminaba unas 25 cuadras hasta el cementerio local, no para llevarle flores. Lloraba, dialogaba con ella y hasta le leía el diario. Sí, releía noticias y crónicas, volvía memorizar fechas, tal vez para mitigar esa ausencia tan patente de su querida vieja. Así, pasaron las semanas  y Pirulo no desistió. Después de un accidente hogareño con una de sus bombas caseras se mudó: el nuevo punto estratégico “pirotécnico” sería la Plaza  San Martín, en el centro del pueblo. 
Pasaron años, navidades, fiestas de fin de año y conmemoraciones patrias. La municipalidad quise entregarle una pensión, sabía de sus necesidades. “No, no quiero, hay gente que la necesita más que yo”, dijo. Un día se enfermó y su salud sufría los estragos del abandono. Por las noches dormía en el hospital y durante el día en su casona. Pirulo se fue ayer  y dejó una huella en su pueblo. Un pueblo que lo recordará en cada resplandor de los fuegos artificiales.
 
 Y.F.

Pirulo el tira bombas

 Ojo, contiene algunas “inexactitudes a designio propio”.

 La vida dentro de un pueblo tiene algunas propiedades que en las grandes metrópolis están ausentes. Entre ellas la tranquilidad, el sosiego por sobre todas las cosas, el fortalecimiento de los lazos  comunitarios y  los lugares de encuentro clásicos como la cantina, la iglesia y la escuela. También  está el retrato de los personajes que habitan en su tierra, muchas veces enarbolados con características imaginarias que se repiten de “boca en boca” y de vecino en vecino, pero que al fin y al cabo integran el cúmulo de historias propias de cualquier pueblo.

 Marcos Paz es una pequeña comunidad ubicada a 48 kilómetros de Capital Federal, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Se llega a través de  dos caminos, uno de ellos es  la Ruta Nacional 200,  al límite del partido de Merlo. Es un cartel el que indica la llegada a automovilistas, ciclistas y turistas: “Bienvenidos a la ciudad del árbol”.  Es evidente, los árboles son protagonistas en Marcos Paz, se inmiscuyen todo el tiempo en los accesos, en las rutas y en las casas, los plátanos están presentes por doquier. 

 Sin embargo, hasta hace poco había otro protagonista, no tan añejo como los árboles pero si muy querido y reconocido por todos los vecinos marcospacenses.

 Su nombre de pila era “Pirulo el tira bombas” y en la vida real se llamaba Alfredo di Tomás. Ayer partió.

 Pirulo era un ser poco convencional. Soltero, tenía sesenta años y vivía en una casona vieja con su madre. En el barrio a su familia la llamaban “los bulla”. Gustaban mucho de las fiestas, los festejos y cualquier tipo de conmemoración. Les gustaba el “barullo”.

 

Un hombre alto, flaquito, con la  piel percutida y unos ojos azules puros, así era él, un poco huraño y de pocas palabras. Su hogar era tan peculiar como él mismo. Tenía una cierta afición por las luces y los sonidos. En la terraza de su casa yacía un árbol viejo donde colgaba unas latitas  de durazno que almacenaba para utilizarlas como antorchas por las noches. También hacía lo mismo en el interior de su casa porque, según comentaba el vecindario, no tenía luz. Tampoco tenía recursos, vivía de changas. 

La impronta más conocida de Pirulo era su interés por las fiestas: Cumpleaños, partidos de fútbol, aniversarios por la fundación de Marcos Paz y fechas patrias servían para exteriorizar su pasión por la pirotecnia. Recorría otros partidos. Tomaba el 136 a Navarro, el tren o la “chanchita” hacia General Las Heras y Lobos. Compraba el material suficiente para confeccionar sus cohetes o bombas que en su casa armaba. Hasta allí se arrimaban niños, madres, padres y abuelos a disfrutar del espectáculo de luces gratuito y también para arengar a este personaje solitario que tal vez encontraba el regocijo y reconocimiento en algo tan simple como lanzar un cohete.

 

Un día, cuando falleció su mamá, el desconsuelo inundó su vida. Pirulo no conocía otra familia que su madre. Se sentía solo. Tanto que cada semana, caminaba unas 25 cuadras hasta el cementerio local, no para llevarle flores. Lloraba, dialogaba con ella y hasta le leía el diario. Sí, releía noticias y crónicas, volvía memorizar fechas, tal vez para mitigar esa ausencia tan patente de su querida vieja. Así, pasaron las semanas  y Pirulo no desistió. Después de un accidente hogareño con una de sus bombas caseras se mudó: el nuevo punto estratégico “pirotécnico” sería la Plaza San Martín, en el centro del pueblo. 

Pasaron años, navidades, fiestas de fin de año y conmemoraciones patrias. La municipalidad quise entregarle una pensión, sabía de sus necesidades. “No, no quiero, hay gente que la necesita más que yo”, dijo. Un día se enfermó y su salud sufría los estragos del abandono. Por las noches dormía en el hospital y durante el día en su casona. Pirulo se fue ayer  y dejó una huella en su pueblo. Un pueblo que lo recordará en cada resplandor de los fuegos artificiales.

 

 Y.F.

0 notes, August 27, 2011

La incertidumbre que oprime

“A lo mejor se olvidaron de ustedes”,  observa Manuel (interpretado por Hernán Grinstein) en una escena central que comparte junto a Mónica (Laura Lértora),  Héctor (José María Marcos), Sandra (Melisa Hermida) y Sofía (Magdalena Grondona) en la obra Tercer Cuerpo,  que se exhibió este sábado por la noche en el teatro Timbre Cuatro ubicado sobre la calle Boedo al 640, en el barrio porteño de Parque Patricios. La llamada “Ola polar” que se extendió desde el viernes  y durante todo el fin de semana,  no bastó para que  más de un centenar personas eludieran el frío y  pese a las inclemencias del tiempo, calzaran su mejor abrigo  y asistieran a  esta pieza teatral escrita y dirigida por Claudio Tocalchir  que va por su tercer año de estreno y en septiembre se irá de gira  por Brasil y Francia. 

La fachada de Timbre Cuatro es justamente, una puerta, un letrero que se asoma y consigna el nombre del teatro y un timbre que antecede la entrada de espectadores, actores, actrices, directores, estudiantes, adultos, jóvenes y  escenógrafos, que entre otros, integran el compendio de este microuniverso teatral. Su estructura es semejante a la de una antigua casona colonial, remodelada, que todavía guarece algunas características de aquellas  que abundaban por la década del 30´,  con sus respectivos baldosones en blanco y negro y su correspondiente y largo  zaguán que se bifurca para introducir las distintas salas que tienen salida para la calle México y Boedo.

 La sala llena y un tubo de luz intermitente que alumbra a una oficina desvencijada, venida a menos, es Tercer Cuerpo, que bien podría existir en algún organismo de la administración pública. En ese mismo lugar se cruzan cinco historias y el espacio que abarca la pequeña oficina es resignificado y hasta dividido en dos: Está Sofía y Manuel, y una relación de amor tormentosa, Sofía ama y Manuel está confundido, más adelante se sabrá por qué. Tiene un secreto guardado. 

 Y Luego está Sandra, la más coherente,  un nexo y sostén entre todos los personajes. A escondidas Sandra anhela ser madre, aunque sea sin pareja. También está Moni  y su búsqueda permanente de colaborar todo el tiempo, de organizar y ser escuchada, porque en el fondo y a sabiendas suyas, se siente sola. Moni es muy negativa y esa característica propia la evidencia a través de su humor, que arranca más de una sonrisa y carcajadas entre el público. Por último está Héctor, el más adulto de la oficina, de unos 60 años, soltero entra en una crisis por rejuvenecer luego de la muerte de su madre, con quién vivía.

La incertidumbre es una de las grandes protagonistas de la obra, cristalizada en la incertidumbre laboral ya que aparentemente ni Sandra, ni Mónica y Héctor, saben bien cuál es su rol dentro del trabajo: escribir y enviar cartas no, debido a que  con las tecnologías de Internet quedaron obsoletas  sus tareas administrativas.  No funcionan las computadoras y tampoco el teléfono y un cajón maltrecho que se rehusa a abrirse,  parecen trasladar esa misma incertidumbre  también al plano de lo personal, donde  convivir en un recinto con compañeros es hacerlo casi con desconocidos.

  Allí llega el momento de mayor clímax  de esta pieza teatral, cuando se develan los secretos que mejor tenían guardados y la realidad inmediata  que apremia a Mónica, Sandra, Héctor, Manuel y Sofía se devela. Tras las confesiones  ese tubo de luz que iluminaba su oficina y los alumbraba, como casi adherido a su entorno,  empieza a titilar, a encenderse y apagarse, y los protagonistas de Tercer Cuerpo funden sus miradas en esa luz que los circunda, tal vez como liberados.

 Por Y.F

0 notes, August 25, 2011

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